
Por: Luisana Lora Perelló
Acontecer Banilejo Las imágenes de una reciente pelea entre dos figuras del entretenimiento urbano dominicano recorrieron las redes sociales en cuestión de horas. Como suele ocurrir en estos casos, miles de personas debatieron sobre quién tuvo la razón, quién provocó el conflicto o quién salió peor parada del enfrentamiento.
Sin embargo, la verdadera preocupación no debería centrarse en las protagonistas del incidente. Lo que realmente merece atención es algo mucho más profundo: la forma en que la violencia parece estar convirtiéndose en un elemento cada vez más normal dentro de nuestra sociedad.
La escena resulta inquietante. Mientras dos personas se agreden físicamente, decenas observan. Algunos graban con sus teléfonos móviles. Otros comentan, ríen o alientan la confrontación. Pocos intentan intervenir. Pocos intentan evitar que la situación escale.
La pregunta es inevitable: ¿qué nos está pasando?
La violencia no es un fenómeno nuevo. Ha estado presente en todas las sociedades y épocas. Lo preocupante es la frecuencia con la que aparece en nuestra cotidianidad y la aparente disminución de nuestra capacidad de asombro frente a ella.
Los ejemplos abundan. Conflictos de tránsito que terminan en agresiones o muertes. Feminicidios que, en muchos casos, estuvieron precedidos por amenazas y episodios de violencia ignorados o minimizados. Peleas en centros educativos. Riñas en espacios públicos. Discusiones en redes sociales que rápidamente escalan hacia el insulto, la humillación y el odio.
Pareciera que cada vez es más difícil convivir con quienes piensan distinto, tolerar la frustración o gestionar los conflictos de manera civilizada.
Vivimos en una época donde la inmediatez domina gran parte de nuestras relaciones. Queremos respuestas rápidas, soluciones instantáneas y satisfacción inmediata. En ese contexto, la paciencia, el diálogo y la capacidad de escuchar parecen perder terreno frente a la reacción impulsiva y la confrontación.
A esto se suma otro fenómeno preocupante: la transformación de la violencia en espectáculo
Las redes sociales han amplificado esta tendencia. Una pelea se convierte en contenido viral. Una agresión genera miles de reproducciones. Una tragedia se comparte antes de que se comprenda su dimensión humana. En ocasiones, pareciera que el interés por obtener una grabación exclusiva supera el impulso de ayudar a quien la necesita.
Cuando la violencia comienza a entretenernos más de lo que nos preocupa, algo fundamental se está deteriorando en el tejido social.
No se trata de responsabilizar únicamente a las plataformas digitales ni de ignorar las complejas causas económicas, familiares, educativas y emocionales que alimentan la violencia. Tampoco se trata de afirmar que vivimos en una sociedad condenada a la agresión.
Se trata de reconocer que estamos frente a señales que no deben ser ignoradas.
Una sociedad saludable no es aquella donde nunca surgen conflictos. Es aquella que desarrolla mecanismos para resolverlos sin recurrir a la violencia. Es aquella donde la empatía pesa más que el morbo y donde la dignidad humana tiene más valor que las reproducciones en una pantalla.
Por eso, más que preguntarnos quién ganó una pelea viral o quién tuvo la razón en una discusión, quizás deberíamos hacernos una pregunta mucho más importante.
¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando la violencia deja de sorprendernos?
Porque el verdadero peligro no está únicamente en los actos violentos que ocurren cada día. El verdadero peligro aparece cuando comenzamos a aceptarlos como algo normal.
Y ninguna sociedad debería acostumbrarse a eso.





